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Se llama Miguel de Cervantes Saavedra y a sus cincuenta y siete años está nervioso como un principiante en materia de versos. Baja la calle Huertas, todavía tranquila, y en el cruce con León ve a la izquierda que se empieza a formar el tumulto de los representantes que peroran sobre el último éxito de Lope en los corrales. Pero don Miguel no está para críticas, alabanzas o rumores. Se encamina a su destino y presiente que este 3 de enero de 1605 va a ser un día grande en su vida. Y quién sabe si en la de otros.

A su lado deja unas casas viejas que serán derribadas, según le han asegurado, para instalar allí el convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso. Cuando lo levanten, será lugar de su devoción por haber ayudado esta congregación a su rescate cuando estuvo cautivo en Argel. Y entre sus muros, si su fama lo permite, querrá ser enterrado cuando llegue el día.
Hasta entonces seguirá paseando su figura por las calles de Madrid o de Valladolid, donde también tiene casa. Según él mismo se describe, tiene rostro aguileño, cabello castaño, frente lisa y desembarazada, alegres ojos y nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas van pasando de oro a plata, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque le van quedando menos y mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies.

Tras cruzar San José, sus pies no muy ligeros giran a la derecha pisando el frío e irregular suelo, embarrado por las lluvias de los últimos días. En la esquina está el hospital de los Incurables y, a la vuelta, la casa del impresor salmantino Pedro Madrigal, donde a estas horas ya están imprimiendo la primera edición completa de su Quijote. No es el primer libro que el de Alcalá ve publicado, ni mucho menos. Otras composiciones suyas han sido leídas en papel o representadas sobre las tablas, con acogida más que aceptable. Ni siquiera se puede decir que este Quijote sea totalmente nuevo, pues ya circulan copias de algunos pasajes. En Valladolid, sin ir más lejos, se pueden leer algunos ejemplares de una edición preliminar.

Pero hoy se trata de una edición definitiva en la que tiene puesta toda su esperanza de gloria. Precisamente esas copias no autorizadas le han dado la pista de su buena ventura. No pocos vecinos y amigos le hablan de su Quijote, no ya para alabarlo o analizar los mecanismos de su composición. Sino para algo mucho más terrenal y que de verdad les importa. Sus ya admiradores le preguntan por Alonso Quijano, por sus salidas al campo, por sus próximas aventuras, como si fuera una persona de verdad.

-Miren vuestras mercedes que es personaje de ficción –les dice don Miguel.

Los seguidores del caballero andante no paran a distinguir esas nimiedades de si existe o no existe, de si tiene casa en un lugar de La Mancha o es sólo fruto de una imaginación afortunada. Algunos, incluso, le hablan de ir a visitarlo, si no se encuentra en una de sus famosas salidas. Han leído una primera historia, han escuchado el relato de sus aventuras, y desean saber más, como quiere el público que asiste a una comedia presenciar el acto final. Durante los últimos meses lo han interrogado por su pasado, por sus parientes, por su manera de componer los pertrechos con los que se lanza a recorrer los caminos.

Todo se verá en la edición completa -acaba, y piensa que tiene que aparecer de urgencia esa edición definitiva, cargada de erratas que conoce pero que no va a enmendar más veces por dar ya luz a este hijo que le crece mucho antes de nacer.
Esa edición completa y definitiva, la oficial y autorizada por el novelista, es lo que viene a encontrar en la casa del camino de Atocha, a la que llega poco antes de las once de la mañana. La imprenta de Madrigal pertenece hoy a su viuda, doña María, pero está regentada por Juan de la Cuesta, porque la mujer no quiere ya mancharse en trabajos manuales. Es el impresor fiel quien se encarga de todo, quien trata con editores meticulosos y aun con escritores impacientes, quien organiza el trabajo de sus operarios y supervisa el resultado.

Texto extraído del libro Momentos Estelares de Madrid