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Las fresqueras eran alacenas airadas, encastradas en la pared exterior de las cocinas. La parte que daba al patio estaba abierta, protegida solo por una reja metálica. La parte interior, se cerraba con unas puertas de madera. En las baldas o casares de la fresquera se colocaban los alimentos frescos. Preferentemente se orientaban hacia el norte y, en su defecto, hacia el este, para evitar la acción de los rayos solares. En estos armarios ventilados se colocaban las frutas y verduras, los embutidos, los huevos, los productos lácteos y otras viandas. La rejilla metálica exterior o tela mosquitero, permitía la entrada del aire fresco y protegía de moscas y mosquitos.

En el casco antiguo, casi todas las viviendas habitadas por gente de clase media y alta disponían de fresqueras. Generalmente, se hallaban en la cocina, debajo de la ventana que daba al patio de luces. Comoquiera que estas casas solían tener cocinas económicas de carbón, que calentaban de lo lindo, la fresquera garantizaba una mejor conservación de los alimentos. Claro que, no todo el año llegaba aire fresco del exterior. Ya lo dice el refrán: Madrid nueve meses de invierno y tres de infierno. En verano, el fresco se iba de vacaciones. Entonces no existía la fecha de caducidad. La vista y el olfato eran la única tecnología disponible para comprobar si un alimento estaba en condiciones o si en cualquier momento podía salir andando por su propio pie.

Las fresquera mantenía los alimentos frescos, pero no fríos, y su utilidad mermada considerablemente durante el verano. Esto hizo que la gente pudiente además de fresquera tuviera nevera. ¿Nevera, hemos dicho? ¿Neveras en los siglos pasados, cuando no había electricidad? Pues sí, neveras de nieve (de ahí viene el nombre) o más bien de hielo. Se trataba de unos armarios forrados en su interior con chapa metálica, que disponían de un compartimento en el que se guardaba un buen pedazo de hielo. El problema es que el hielo había que ir a buscarlo, cargarlo al hombro, y si uno vivía en un quinto sin ascensor, echarle mucho valor. Todo para que al día siguiente hubiese que repetir la operación.

En los años cuarenta, los madrileños miraban con ojos envidioso cómo los actores americanos, en las películas, abrían sus neveras eléctricas y sacaban su cerveza bien fría. Poco a poco los frigoríficos comienzan a entrar en nuestros hogares. Al principio las neveras eléctricas eran de tamaño mediano, solían necesitar un transformador y se paraban con asiduidad, bien por abrías o por los frecuentes cortes del suministro eléctrico, con lo que se perdían los alimentos guardados en ellas.

TEXTO INCLUIDO EN EL LIBRO EL MADRID OLVIDADO DE CARLOS OSORIO

El Madrid Olvidado